En tiempos del polvorete

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Mi abuelita Anita tuvo que casarse con vestido negro porqueriza alguien había muerto hacía poco tiempo.

Mi abuela Anita, que nunca sufrió de pena, ni tuvo un milímetro del sentido de lo que es ser políticamente correcta y más bien, ella fue una matrona boyacense con todas las de la ley, bailaba cada diciembre El Polvorete con el tío político más divertido que he tenido,  Beto, se agachaban y volvían a subir con cada rácatapunchinchilla el gallo sube, luego daban la vuelta con y echa su polvorete y se sacude, y así entre carcajadas, cantos y silbidos pasábamos las noches de novenas y el 31 de diciembre sus nueve hijos y los veintipico de nietos que éramos en esos tiempos en que nos conformábamos con mucho menos de lo que aspiramos ahora, en los tiempos en que nadie tomaba fotos para compartir en redes sociales y los mejores recuerdos se grababan en la memoria y en alguna cámara con un rollo de 36 fotos en el mejor de los casos. Después, a la hora del revelado, unas cuantas salían corridas, otras con los ojos rojos y alguna buena.

Mi abuela mandaba en todos y en todo. Mandaba a mi abuelo, él, profesor de matemáticas, experto en tresillo, carpintero amateur, reservado, cariñoso y su compañero inseparable. La casa de los abuelos era el centro de encuentro de los primos durante las vacaciones, sin pena los visitábamos tres, cuatro y hasta ocho días para comernos toda su mercado, desbaratar sus camas, su jardín, gritar por todas partes y finalmente irnos con mucho pesar a la casa de cada uno en donde si había que recoger el reguero de ropa o de juguetes. Mi abuelo, nos construía cometas, juguetes de madera y nos llevaba a comer helado a la heladería Danesa del barrio El Polo de Bogotá. Cada helado costaba quinientos pesos, traía dos generosas bolas y salsa de fresas con fresas de verdad.

Éramos muchos, siempre fuimos muchos y por eso los planes tenían que ser económicos, por ejemplo una vez nos llevó al circo a mi y a mis otros cinco primos que de alguna manera nos metimos en su Renault 4 junto con mi abuela, al llegar, nos bajamos, vimos los animales desde afuera y nos volvimos a ir. Nadie dijo que entraríamos a ver el espectáculo, solo que iríamos y yo me acuerdo del elefante, nunca había visto uno, era enorme pero me dio mucho pesar que estuviera encerrado.

Cada veinticinco de diciembre íbamos a hacer un piquete, en ese tiempo no existían los picnic en Colombia. Así celebrábamos el cumpleaños de mi abuelo Alberto y de paso todos estrenábamos lo que nos había traído el Niño Dios.

En contraste, en la casa de mis abuelos maternos, Marco T y Toñita, todo era muy generoso pero recatado. Ellos vivieron, se multiplicaron y murieron en Boyacá. Mi abuelo le llevaba café a su amada Toña cada mañana a las 7 a.m., hora en la que él ya regresaba del ordeño, había hecho visita con sus compadres, leído el periódico y comprado el pan. Ella, su princesa, lo esperaba en su casa enorme que era su reino. Mi abuelo tuvo cáncer pero ni así dejó de ser ganadero, de ser campesino de pura cepa. El médico se sorprendió al verlo vivo muchos años más tarde de hacerle una cirugía y de que el decidiera, si acaso, volver a algún control. Se alivió cantado Hurí y Oropel acompañado por su guitarra, su tiple y su cuatro.

 

Nosotros los visitábamos cada mes y mi abuela nos esperaba mirando por la ventana y tenía lista una buena cantidad de almojábanas y de queso Paipa que Marco T cortaba con su fiel compañera,  la navaja multiusos. También hacíamos piquetes, jugábamos entre el pasto y entre las vacas. Nos metíamos al río y alguna vez nos atacaron las abejas, pero en ese tiempo nadie era alérgico a nada. Nos subíamos a los árboles a coger duraznos y ciruelas, vigilábamos las gallinas mientras ponían huevos, jugábamos con los conejos y huíamos de Villú, el perro chiquito e histérico y de mechas blancas que era la adoración de mi abuela.

Toñita, tan sencilla y prudente, tan enamorada de él, tanto que cuando mi abuelo murió ella se sentó a esperar la muerte hasta que 3 años más tarde se la llevó. Ella todo lo sabía pero lo callaba, y escondía regalos detrás de puertas misteriosas, se sentaba en un taburete y a mis veintipico de años todavía me decía “la niña”.

Para mi fortuna, no todo muere, quedan las canciones y por eso es que mi suegro, manizalita, toma su guitarra y le canta a mi recuerdo Quisiera ser el aire, que llena el ancho espacio, quisiera ser el huerto, que esparce suave olor, quisiera ser la nube, de nieve y de topacio, quisiera tener cánticos de dulce trovador.  No me digan que no es más linda esta letra que cualquier canción de Maluma.

 

 

 

¿Por qué las rolas somos así?

Así, ¿cómo?. Pensará usted. Pues así. Antipáticas, culisecas, creídas al bailar, pensándonos de mejor familia que el resto y con esa sonrisa que casi nadie sabe cómo traducir. Pues si, así parecemos, pero no es del todo cierto.

Detrás de esa apariencia antipática, a ratos, hay una enorme amabilidad. No crea usted que es intencional que a veces miremos por encima del hombro al resto de la humanidad. No. Nosotras, desde niñas hemos ido superando prueba tras prueba que por sencillas y frívolas que parezcan, han formado nuestro carácter que no se amaina ante la primera dificultad ni se deslumbra fácilmente.

Piense que a casi todas las rolas nos tocó soportar, con tan solo días de nacidas, esas mallas de lana que dan tanto calor y rasquiña, además de tener que vestirnos por capas porque el clima de Bogotá es bipolar y hay que estar listos para el frío despiadado o el sol intenso que anticipa un agüacero. Esto nos ha hecho ser previsivas, pacientes y tolerantes.

Superar esta extraña mezcla de moda europea armada con atuendos criollos junto con la advertencia eterna de las mamás de arriesgarse a “pescar” una gripa si uno no se tapa la boca, los oídos, el cuello, las orejas, la cabeza y todo de ahí para abajo, es todo un mérito al reconocer que debajo de tanta ropa hay un cuerpecito latino que aunque tiene su “tumbao” jamás aprendió ni aprenderá a mover los hombros cual costeña que lo hace con la facilidad de un pestañeo, tiene “flow”, sonríe y como si fuera poco anima la fiesta y hace señales con sus manos para que todos vayan a bailar. Nosotras las rolas bailamos bien, con estilo, sin alboroto y aunque bailar una pulla no sea nuestra especialidad, bailar un merengue medio apretao nos sale muy bien.

Además de nacer y vivir en una ciudad enorme que se disputa entre ser una de las grandes metrópolis del mundo y caer en la típica capital subdesarrollada, recibimos con una sonrisa a la gran cantidad de gente que viene de otros lugares a quejarse del frío, del tráfico y hasta de nosotros, los “insípidos rolos” como nos dicen porque nacimos medió negados para contar chistes o lucirnos en un karaoke como si fuéramos familiares de Juanes, de Shakira o de Carlos Vives.

Lo nuestro es llegar al alma, cantar acompañados por una guitarra en una noche romántica a media luz, disfrutar de una conquista inteligente, bailar apretado pero no con el “bluyineado” que hace que los demás tuerzan los ojos; nos gusta tomarnos un cóctel o una café “charladito”, y así durmamos con las medias puestas, escondemos una pasión ardiente e inolvidable que no se le entrega cualquiera. Como toda regla, tendrá excepciones, pero lo disimulan.

Eso sí, la belleza cachaca no tiene duda, Colombia es tierra de mujeres hermosas y nosotras no tendríamos que ser diferentes, pero el trasero, señoras y señores, nos lo quedó debiendo la madre naturaleza, eso sí a todo le ponemos el pecho porque por ese lado no hay ningún inconveniente. ¿Pero que esperan? El tráfico en Bogotá no sólo es desquiciador sino aplanador. ¿Acaso las caleñas, que son como las flores, se ven obligadas a estar sentadas por mínimo dos horas cada día? Aquí no hay gimnasio que valga, no insista. Claro, hay quienes lo han solucionado con una cirugía pero, es cuestión de gustos pero prefiero el estilo culiseco al de silicona andante, abundante y de jeans sin bolsillos.

¿Que somos medio antipáticas y nadie sabe a qué atenerse? Puede ser. Las abuelas dicen que la prudencia hace verdaderos sabios y por eso nosotras miramos, analizamos, medimos, evaluamos, probamos y una vez superadas las etapas del método científico, lo consideramos. No señores, fáciles no somos.

Lo cierto es que con todos nuestros “peros” las rolas somos valientes, emprendedoras, incluyentes y hasta queridas, dígame usted sino le facilitamos la vida a quien nos pida ayuda, recibimos en nuestra casa con gusto a las visitas así lleguen a la hora del arrunche dominical y hasta le tenemos paciencia al vecino ruidoso, eso sí, no le busque las cinco patas al gato porque ahí estamos.

Para una rola una clara demostración de amor es ir a Monserrate y tomar canela o chocolate … así el amor se verá más grande, lo juro por Dios.