Niñas en la boca del lobo

Educar y cuidar hijas nunca ha sido sencillo y, en este tiempo, en que los violadores parecen estar al acecho no resulta nada fácil.  Estos malignos seres siempre han existido, como siempre hemos existido las madres y la posibilidad de prevenir un poco más, así como la imposibilidad de ser omnipresente para rescatarlas del peligro.

De la violencia sexual escuchamos cada día una historia más macabra que la anterior y las mamás rogamos a Dios o a quien sea para que a nuestras hijas no las toque nadie, pero al tiempo, es sorprendente cómo muchas familias siguen obligando a las niñas a que saluden de beso a quien no conocen o no les cae bien, a que sean amables con personas que no les inspiran confianza o se les corrige por contestar fuertemente ante lo que ellas pueden considerar como un insulto. ¿No es mejor respetarlas cuando dicen “no”?, ¿No se cultiva la actitud complaciente que tanto daño hace?

Se cree que el problema es absolutamente externo, pero vale la pena una mirada al actuar de los adultos para ver cómo si es posible prevenir un poco más.

En estos tiempos de redes sociales, en que el ser humano necesita contar con la validación de su comunidad para validar sus acciones, gustos y creencias, terminamos por abocar a las niñas a algo peor porque probablemente sin calcular las consecuencias, se les indica que la autodeterminación y la autoridad como madres, como adultos también depende de lo que opinan los demás, y la vida privada y los asuntos de casa también deben ser compartidos. Con el ejemplo, se enseña que parte de disfrutar depende de cuantos “me gusta” otorguen los demás a las fotos de los momentos que ya deberían ser felices solo por haberlos vivido.

En este orden de ideas, ¿cómo se les pide que no dependan de lo que hacen sus amigos?, que no sean “mostronas”? Hoy me enteré, tarde, puede ser, que existe la moda de mandarse un “pack” por whatsapp, que consiste en todo un estudio fotográfico y videos de su inocente desnudez que busca la aceptación de algún grupo de amigos o de algún jovencito que busca lo mismo al unir al resto de packs que ya han logrado como un coleccionable, gratis o comprable, disponible para todos.

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Las niñas desde los 9 años comparten videos en Musical.ly en los que bailan las canciones de moda y obtienen seguidores de manera muy rápida, ¿y quiénes son los seguidores?, ¿Las niñas de 11 años tienen más de 30 amigos? ¿Los papás conocen a los 30 amigos y a sus familias?. ¿Ya saben que hay muchos adultos con perfiles falsos que van detrás de las niñas?, por supuesto que si. Bueno, estos individuos no hacen excepciones.

 

 

Del empoderamiento femenino mucho se dice, de la necesidad de educar mujeres independientes, también; ¿y de controlar el comportamiento complaciente y del autocontrol de las madres para que limiten lo que comparten en las redes sociales sobre sus hijas?, ¿quién les dice a las mamás que no compartan todo en sus perfiles porque también es una manera de prevenir que sus hijas sean víctimas de algún tipo violación o de pornografía infantil?.

Si es posible ser más precavidos, es posible ser respetuosos con las niñas y no ponerlas nosotros mismos en la boca del lobo.

 

 

 

 

 

 

 

En tiempos del polvorete

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Mi abuelita Anita tuvo que casarse con vestido negro porqueriza alguien había muerto hacía poco tiempo.

Mi abuela Anita, que nunca sufrió de pena, ni tuvo un milímetro del sentido de lo que es ser políticamente correcta y más bien, ella fue una matrona boyacense con todas las de la ley, bailaba cada diciembre El Polvorete con el tío político más divertido que he tenido,  Beto, se agachaban y volvían a subir con cada rácatapunchinchilla el gallo sube, luego daban la vuelta con y echa su polvorete y se sacude, y así entre carcajadas, cantos y silbidos pasábamos las noches de novenas y el 31 de diciembre sus nueve hijos y los veintipico de nietos que éramos en esos tiempos en que nos conformábamos con mucho menos de lo que aspiramos ahora, en los tiempos en que nadie tomaba fotos para compartir en redes sociales y los mejores recuerdos se grababan en la memoria y en alguna cámara con un rollo de 36 fotos en el mejor de los casos. Después, a la hora del revelado, unas cuantas salían corridas, otras con los ojos rojos y alguna buena.

Mi abuela mandaba en todos y en todo. Mandaba a mi abuelo, él, profesor de matemáticas, experto en tresillo, carpintero amateur, reservado, cariñoso y su compañero inseparable. La casa de los abuelos era el centro de encuentro de los primos durante las vacaciones, sin pena los visitábamos tres, cuatro y hasta ocho días para comernos toda su mercado, desbaratar sus camas, su jardín, gritar por todas partes y finalmente irnos con mucho pesar a la casa de cada uno en donde si había que recoger el reguero de ropa o de juguetes. Mi abuelo, nos construía cometas, juguetes de madera y nos llevaba a comer helado a la heladería Danesa del barrio El Polo de Bogotá. Cada helado costaba quinientos pesos, traía dos generosas bolas y salsa de fresas con fresas de verdad.

Éramos muchos, siempre fuimos muchos y por eso los planes tenían que ser económicos, por ejemplo una vez nos llevó al circo a mi y a mis otros cinco primos que de alguna manera nos metimos en su Renault 4 junto con mi abuela, al llegar, nos bajamos, vimos los animales desde afuera y nos volvimos a ir. Nadie dijo que entraríamos a ver el espectáculo, solo que iríamos y yo me acuerdo del elefante, nunca había visto uno, era enorme pero me dio mucho pesar que estuviera encerrado.

Cada veinticinco de diciembre íbamos a hacer un piquete, en ese tiempo no existían los picnic en Colombia. Así celebrábamos el cumpleaños de mi abuelo Alberto y de paso todos estrenábamos lo que nos había traído el Niño Dios.

En contraste, en la casa de mis abuelos maternos, Marco T y Toñita, todo era muy generoso pero recatado. Ellos vivieron, se multiplicaron y murieron en Boyacá. Mi abuelo le llevaba café a su amada Toña cada mañana a las 7 a.m., hora en la que él ya regresaba del ordeño, había hecho visita con sus compadres, leído el periódico y comprado el pan. Ella, su princesa, lo esperaba en su casa enorme que era su reino. Mi abuelo tuvo cáncer pero ni así dejó de ser ganadero, de ser campesino de pura cepa. El médico se sorprendió al verlo vivo muchos años más tarde de hacerle una cirugía y de que el decidiera, si acaso, volver a algún control. Se alivió cantado Hurí y Oropel acompañado por su guitarra, su tiple y su cuatro.

 

Nosotros los visitábamos cada mes y mi abuela nos esperaba mirando por la ventana y tenía lista una buena cantidad de almojábanas y de queso Paipa que Marco T cortaba con su fiel compañera,  la navaja multiusos. También hacíamos piquetes, jugábamos entre el pasto y entre las vacas. Nos metíamos al río y alguna vez nos atacaron las abejas, pero en ese tiempo nadie era alérgico a nada. Nos subíamos a los árboles a coger duraznos y ciruelas, vigilábamos las gallinas mientras ponían huevos, jugábamos con los conejos y huíamos de Villú, el perro chiquito e histérico y de mechas blancas que era la adoración de mi abuela.

Toñita, tan sencilla y prudente, tan enamorada de él, tanto que cuando mi abuelo murió ella se sentó a esperar la muerte hasta que 3 años más tarde se la llevó. Ella todo lo sabía pero lo callaba, y escondía regalos detrás de puertas misteriosas, se sentaba en un taburete y a mis veintipico de años todavía me decía “la niña”.

Para mi fortuna, no todo muere, quedan las canciones y por eso es que mi suegro, manizalita, toma su guitarra y le canta a mi recuerdo Quisiera ser el aire, que llena el ancho espacio, quisiera ser el huerto, que esparce suave olor, quisiera ser la nube, de nieve y de topacio, quisiera tener cánticos de dulce trovador.  No me digan que no es más linda esta letra que cualquier canción de Maluma.

 

 

 

¿Por qué las rolas somos así?

Así, ¿cómo?. Pensará usted. Pues así. Antipáticas, culisecas, creídas al bailar, pensándonos de mejor familia que el resto y con esa sonrisa que casi nadie sabe cómo traducir. Pues si, así parecemos, pero no es del todo cierto.

Detrás de esa apariencia antipática, a ratos, hay una enorme amabilidad. No crea usted que es intencional que a veces miremos por encima del hombro al resto de la humanidad. No. Nosotras, desde niñas hemos ido superando prueba tras prueba que por sencillas y frívolas que parezcan, han formado nuestro carácter que no se amaina ante la primera dificultad ni se deslumbra fácilmente.

Piense que a casi todas las rolas nos tocó soportar, con tan solo días de nacidas, esas mallas de lana que dan tanto calor y rasquiña, además de tener que vestirnos por capas porque el clima de Bogotá es bipolar y hay que estar listos para el frío despiadado o el sol intenso que anticipa un agüacero. Esto nos ha hecho ser previsivas, pacientes y tolerantes.

Superar esta extraña mezcla de moda europea armada con atuendos criollos junto con la advertencia eterna de las mamás de arriesgarse a “pescar” una gripa si uno no se tapa la boca, los oídos, el cuello, las orejas, la cabeza y todo de ahí para abajo, es todo un mérito al reconocer que debajo de tanta ropa hay un cuerpecito latino que aunque tiene su “tumbao” jamás aprendió ni aprenderá a mover los hombros cual costeña que lo hace con la facilidad de un pestañeo, tiene “flow”, sonríe y como si fuera poco anima la fiesta y hace señales con sus manos para que todos vayan a bailar. Nosotras las rolas bailamos bien, con estilo, sin alboroto y aunque bailar una pulla no sea nuestra especialidad, bailar un merengue medio apretao nos sale muy bien.

Además de nacer y vivir en una ciudad enorme que se disputa entre ser una de las grandes metrópolis del mundo y caer en la típica capital subdesarrollada, recibimos con una sonrisa a la gran cantidad de gente que viene de otros lugares a quejarse del frío, del tráfico y hasta de nosotros, los “insípidos rolos” como nos dicen porque nacimos medió negados para contar chistes o lucirnos en un karaoke como si fuéramos familiares de Juanes, de Shakira o de Carlos Vives.

Lo nuestro es llegar al alma, cantar acompañados por una guitarra en una noche romántica a media luz, disfrutar de una conquista inteligente, bailar apretado pero no con el “bluyineado” que hace que los demás tuerzan los ojos; nos gusta tomarnos un cóctel o una café “charladito”, y así durmamos con las medias puestas, escondemos una pasión ardiente e inolvidable que no se le entrega cualquiera. Como toda regla, tendrá excepciones, pero lo disimulan.

Eso sí, la belleza cachaca no tiene duda, Colombia es tierra de mujeres hermosas y nosotras no tendríamos que ser diferentes, pero el trasero, señoras y señores, nos lo quedó debiendo la madre naturaleza, eso sí a todo le ponemos el pecho porque por ese lado no hay ningún inconveniente. ¿Pero que esperan? El tráfico en Bogotá no sólo es desquiciador sino aplanador. ¿Acaso las caleñas, que son como las flores, se ven obligadas a estar sentadas por mínimo dos horas cada día? Aquí no hay gimnasio que valga, no insista. Claro, hay quienes lo han solucionado con una cirugía pero, es cuestión de gustos pero prefiero el estilo culiseco al de silicona andante, abundante y de jeans sin bolsillos.

¿Que somos medio antipáticas y nadie sabe a qué atenerse? Puede ser. Las abuelas dicen que la prudencia hace verdaderos sabios y por eso nosotras miramos, analizamos, medimos, evaluamos, probamos y una vez superadas las etapas del método científico, lo consideramos. No señores, fáciles no somos.

Lo cierto es que con todos nuestros “peros” las rolas somos valientes, emprendedoras, incluyentes y hasta queridas, dígame usted sino le facilitamos la vida a quien nos pida ayuda, recibimos en nuestra casa con gusto a las visitas así lleguen a la hora del arrunche dominical y hasta le tenemos paciencia al vecino ruidoso, eso sí, no le busque las cinco patas al gato porque ahí estamos.

Para una rola una clara demostración de amor es ir a Monserrate y tomar canela o chocolate … así el amor se verá más grande, lo juro por Dios.

 

 

 

 

La vida secreta de mis amigas

A todos nos gusta en alguna medida el chisme. No tienen que admitirlo, yo lo hago por ustedes.

Hasta que me casé tuve montones de amigas que conocí a lo largo de esos veintisiete años y tanto, pero a partir de ahí han sido muy pocas las que vinculé a mi vida, y muchas las que no volví a ver, a no ser que verlas en redes sociales cuente como “verlas”. El caso es que a todas nos ha cambiado tanto la situación que menos mal en nuestra época rosa y festiva no había como hacer público lo obviamente privado, pero al revisar sus perfiles no puedo dejar de hacer una estadística simple (ojo, no soy matemática sino comunicadora):

El 90% estableció alguna relación con la intención y creencia de ser definitiva,
El 40% de las que se casaron se separaron de sus maridos, viven con los niños, los ex parecen haber muerto y ellas se ven más lindas, delgadas, tranquilas, felices y en mejor situación económica. Me encantan.

De las que no se casaron, el 10% viajan por el mundo con amigos y parecen encontrar gran placer en ello, yo les creo, de las experiencias increíbles en la vida es caminar por calles desconocidas sin afán pero con la convicción de no olvidar ninguno de los pasos recorridos. Ponen uña fotos preciosas de sitios en los que quisiera estar sobretodo cuando es domingo y tengo que madrugar a llevar a mi hija a la práctica de algún deporte o cuando estoy tomando una hora de descanso a la semana y resulta que se acabó el mercado.

De las separadas, muchas entraron a circular al “mercado del usado” con gran éxito y se han dado la oportunidad de tener una nueva vida en la que están solas o acompañadas pero en sana paz, disfrutando el tiempo en familia, saliendo a divertirse, estudiando y viajando. Son valientes, arriesgadas y felices. Tienen familias ampliadas y han logrado, en algunos casos, ser amigos entre todos. Súper civilizados.

El otro lado es el 10% que parece no haber superado la etapa del rebusque en discotecas, lo siento, se ven muy raras al lado de compañeros de fiesta que son por lo menos quince años menores e incluso lucen escotes por los que alcanzó a ver sus zapatos, nada de malo en esto aunque deberían cuidarse de embetunar bien el calzado. Cuando tienen hijas adolescentes, aparecen en juntas en muchas fotos pero parece que son ellas las que tienen un imparable ataque hormonal que seguro lamentarán al día siguiente aunque, por supuesto, de ello no publicarán fotos.

Ahora hablo de las que no se separaron o no lo han hecho aún y ya deben haber celebrado más de diez aniversarios.

La gran mayoría optó por educar con valores similares a los que les infundieron sus papás, se ven “bien puestecitas” y sus maridos igual. Entre otras cosas, por favor compartan el secreto de estar siempre bien peinadas y sin ojeras.

Muchas de las anteriores son políticamente correctas, madres, esposas y profesionales exitosas con los pies en la tierra y muchas fotos sonrientes; otras casi no opinan, solo comparten avisos virales o fotos de sus familias. Se sonrojan cuando alguien protesta o usa ropa un poco ligera y ni qué decir de sus opiniones respecto al amor entre dos del mismo sexo, o de pensar en que la gente no crea en el mismo Dios e incluso de ver que hay quienes no creen en ninguno y pelean menos. En serio, no entiendo cómo quedaron embarazadas.

Las que más curiosidad me causan son las que no parecen hacer gran cosa ni trabajar demasiado y viven como reinas, carajo, me equivoqué de profesión. Todo lo que se me ocurre a mí es gratis, como un blog. Solo hay fotos en restaurantes carísimos y de viajes a sitios lejanos, se visten como para salir en las páginas sociales, incluso sonríen el domingo en la hora gris y reportan cada lugar que pisan, yo me tomaré un día una foto en la que salga entrepiernada y con una ruana encima. No es envidia, sólo quisiera saber su secreto, por favor no sean tacañas y suelten algún dato. Casi todas parecen seres de luz mientras que si yo lo fuera podría electrocutar a la mitad de los seres humanos, con razón nunca me invitan a nada, eso sí, de vez en cuando me dan un “me gusta” y se los agradezco.

Lo que me queda es que las pocas amigas con las que comparto en la vida real también tienen alguna media remendada, van a hoteles con todo incluido y nos morimos de la risa al ver que no hemos podido pasar de un día de dieta, aunque la situación ha cambiado en los últimos meses y por pura recomendación médica nos ha tocado “cerrar el pico” y hacer ejercicio. Hubiéramos arrancado antes, es muy divertido y satisfactorio. Les preocupa el futuro, aprovechan las ofertas, analizan a quiénes invitan a su casa, prefieren conocer a los papás de los amigos de sus hijos, no “tragan entero”, tienen esposo- cómplice- amigo- amante-padre de sus hijos  (todo en el mismo), y aunque no sea perfecto, esperan que su matrimonio sea para siempre.

En  el fondo al 100% buscamos ser felices, cada cual a su manera, y ver a nuestras familias igual. Por muy feministas que seamos, en algún punto nos sentimos orgullosas de lo bien preparado que nos quedó un postre, aunque yo también me siento orgulllosa de saber en dónde se compra y más barato.

 

 

10 inevitables de las cuarenta primaveras

 

Uno no sólo llega a los cuarenta años cuando los cumple, llega durante varios años más y muchas  veces al año, por ejemplo cuando sus amigos aún están en los dorados treintas así los estén culminando o cuando los compañeros de trabajo cumplen años y no pasan de veintisiete, o cuando uno conoce mamás que están embarazadas por segunda o tercera vez pero tienen treinta y pico y no piensan en que tal vez se les hizo un poco tarde, los riesgos que corren, etc… En esos momentos uno nuevamente cumple cuarenta y de manera irremediable e irreversible te buscan para que compartas tus experiencias de vida y ya no para enseñarte o compartirte la propia.

Pero a los cuarenta años pasan cosas que si se tiene una actitud un poco irreverente lo harán reír una vez pase el momento de verse cara a cara con la realidad:

  1. Aunque no lo confiese canciones como “Yo también tuve veinte años” o “La treintañez” le harán ver que ya no sólo le pasa a sus padres sentir que no hay vuelta atrás y que de algún modo esos años se fueron y no volvieron.

 

  1. Su hijo sabrá más de tecnología que usted. Yo me he propuesto estar al día en asuntos de redes sociales, gadgets y demás pero solo mi hija logra configurar bien el computador, desbloquear el teléfono, poner buenos efectos a una fotografía, y me informa de nuevas apps disponibles (y las instala).

 

  1. El cuerpo con el que uno llega a los cuarenta años ya no es el mismo ni siquiera de hace cinco a no ser que siempre haya sido del tipo atlético y de vida saludable porque ni con varias cirugías encima logrará correr 5K y menos 10K si no lo ha practicado antes, es más, subir más de tres pisos cuando el ascensor esté dañado puede ser un gran reto diario. La buena noticia es que nunca es tarde y el cuarto piso hace que uno se decida, es ahora o nunca. Uno también puede retomar deportes que practicó antes y comprobar que no lo hace tan mal como cree y de pronto queda enredado en un mundos emocionantes como el de las bicicletas, el running o el senderismo.
  1. Las canciones que tanto le entusiasman, lo hacen cantar a pleno pulmón y bailar como si el tiempo no hubiera pasado son ahora clásicos musicales así no haya un cantante o banda actual que se aproxime a Soda Estéreo, Miguel Mateos, Andrés Calamaro o Fabulosos Cádillacs. Nada que hacer, pronto Persiana Americana y Tira para Arriba serán de la “viejoteca”, si es que ya no le quitaron el puesto a La Sirena viene hacia mí. Cada vez que suena una de esas canciones en la radio “la pisan” con un anuncio que dice que es un clásico.

 

  1. Si de ritmos y bailes se trata ni sueñe que sus hijos saben bailar un meneito, no. Los de menos de veinte años no tienen ni idea de un baile en conjunto, es más, a no ser que se trate de una fiesta de meros cuarentones ni se le ocurra parase a seguir sus pasos de El General ni levante la mano si “tú estás gozando”, porque podrían verlo como usted vio a Pedro El Escamoso. ¿Qué cara le han hecho sus hijos cuando lo ven bailando con los brazos arriba WMCA? La próxima vez que esté bailando emocionado, abra los ojos y verá que es cierto.

 

  1. La moda no incomoda a no ser que requiera tener un cuerpo que sea dos tallas menores del que está viendo en el espejo, por eso a los cuarenta hay que pensar bien lo que se va a poner, no tanto por el riesgo de parecer una “cuchibarbie” porque eso es cuestión de cada uno, pero como dice algún meme, procure que si usa moda animal print, su peso sea menor que el del animal en cuestión. El color negro suele ser un buen aliado, pero anímese a ponerse otra cosa y verá como le cambia la cara, se le quitan las ojeras y se verá con buen ánimo.

 

  1. El viernes siempre es motivo de alegría, uno se levanta como de quince o mejor de veinticinco que eran más agradables, se pone pinta de jeans day, llega a trabajar y todo es más agradable, versátil, ligero pero decisivo, todo es ahora o nunca y el pensamiento lleva a querer tomarse un vino con el ser amado, pero las horas pasan, el tráfico hay que enfrentarlo, mirar las tareas de los hijos, pensar en las clases del fin de semana, hay que hacer mercado, visitar a la suegra, ir a una condenada piñata y cuando uno mira el reloj son las 9 p.m. y podemos aprovechar para ver un capítulo de alguna serie de Netflix y cuando los ojos vuelven a abrirse el ser amado ronca y uno también está en las mismas, no me digan que a los cuarenta uno no ronca. El otro viernes será.

 

  1. Emprender una empresa para ser independiente y exitoso es una idea muy sexy a los cuarenta, pero yo de eso no sé mucho y de lo que si es que el miedo puede hacer malas jugadas así como la falta de buena planeación sobretodo de asuntos fiscales. Prepárese para trabajar mucho más que antes. Piénselo y si está decidido, no se quede con las ganas.

 

  1. Los placeres enormes son fantásticos pero también se pueden disfrutar en pequeños instantes que parecen regresarnos a los quince, veinte o veinticinco. Una mañana en que pueda dormir más tarde de las seis de la mañana, darse una jornada completa de lectura, películas y un buen café o un delicioso vino sin interrupciones, un par de horas con amigos para reírse a carcajadas y retomar temas que estuvieron pendientes por décadas, visitar a los padres y que le consientan. Dicen las malas lenguas que las mamás se comen las chocolatinas a escondidas en la cocina y que los hijos entran se hacen las locas y ponen cara seria.

 

  1. Es inevitable que trabaje con millennials y ahora podemos entender las quejas que hubo con respecto a la Generación X, es igual, así es la vida, da vueltas y por bien que se la lleve con ellos un buen día en sus conversaciones dirán que alguno actúa como si tuviera cuarenta y el otro responderá preguntándole que si está loco o borracho. Usted les dirá que tiene cuarenta y que un día llegarán ahí. Por “comeaños” que sea, será inevitable que en una reunión de trabajo todos coman tres o cuatro pedazos de pizza con gaseosa y usted pida una ensalada con una porción de pollo a la parrilla y agua para no irritar su cólon.

Los cuarenta se cumplen todos los días, no hay nada que hacer, por eso es mejor celebrarlos cada vez que pueda.

 

El reto lo pones tú.

 Con este título de autoayuda o slogan de una famosa y deliciosa bebida achocolatada debo decir que es cierto. El reto lo pones tú. Y así lo hice, el reto lo puse yo y fue así como a los treinta y pico retomé las clases de patinaje después de haberlo abandonado a los nueve años tras romperme hasta el alma y no encontrar los patines al recuperarme. Pues me subí en mis patines en línea nuevos, me puse casco, coderas, rodilleras y antifracturantes y con todo mi empeño le hice caso al profesor, ensayé en el pasto. Humillante, pero así fue y mi trasero lo agradeció. Prueba superada.
Tras meses de entrenamiento, mi técnica mejoró y por lo menos no me veo robótica y tampoco voy haciendo cara de “estoy que me caigo”, o de “¿Quién me manda a subirme en esto?“ y puedo salir con mi hija a la ciclovía sin que le dé pena ir con la mamá, sobretodo no me da pena a mí misma. Valió la pena subir el promedio de edad del nivel llamado “preinfarto” aunque de veinte alumnos éramos 5 los que pasábamos de las treinta y cinco primaveras. No fui tan aventajada como mi amigo John que incluso se inscribió en un par de competencias, una en categoría adultos que ganó y en otra en la categoría de mayores de 16 años, en la que tuvo un reconocimiento del público al llegar a los seiscientos metros a pesar de que faltaran otros cuatrocientos y hasta sus contrincantes tenían por lo menos veinte años menos lo felicitaron. A mí, mi adorado esposo me felicita cada día y me anima a seguir con mis retos. Esto lo cuento porque he visto como muchas parejas antes de ayudar convierten a su adorada media naranja en motivo de burla o simplemente no le creen que sea capaz si quiera de intentarlo.
Llegó la hora de la natación, tengo que superar el característico nadado de río con el que uno nace, crece, se desarrolla y si no aprende a nadar bien, muere. Literal. Me inscribí para los miércoles y viernes en el precioso horario de las 6 a.m. Llegó la hora de la primera clase y a pesar de mi cara de yo sé nadar y no me ahogo, la profesora me puso en el nivel de los que no saben nadar y sí se ahogan pero tienen técnica.
Por favor ve al otro lado de la piscina nadando como perrito. ¿Qué? Si vine a superar el nadado de río, pero bueno ahí voy. Ay por Dios, esta piscina tiene por lo menos un kilómetro de larga, pero yo puedo, seguro. Uy, qué tal que fumara.
Ahora, por favor nade haciendo “delfines”. ¿Qué? Uy no profe, ni idea dígale a alguien que lo haga y yo lo sigo.
Para terminar nade por debajo del agua hasta donde pueda. Esta sí, con esta llegó como un tiro al otro lado. Imposible que tantos años jugando a buscar piedritas debajo del agua no sirvan de nada. Hecho.
Listo Ana, usted se desplaza rápido pero dobla las rodillas, saca los pies del agua, no patalea constante y tampoco respira bien. Que bien que se metió a clases. ¿Nunca las había tomado? Y no, nunca las había tomado, siempre me limité a hacer visita en la piscina. Allí también he conocido gente estupenda y cada cual con su vida, unos con sus anhelos de ser papás, otros con su empresa y su banda de rock, otros que son estudiantes universitarios, otros pensionados y unos más que como yo salen corriendo al trabajo.
Después de un año de clases, a mis casi cuarenta y dos, ya estoy aprendiendo el estilo mariposa, me cuesta mucho, y aunque por ahora parezco una polilla con ínfulas y también soy la mayor de mi nivel, allí he teñido compañeros de la edad de mi papá y tienen un nivel superior al del resto de alumnos. Tremendas lecciones las que uno aprender cuando decide cambiar el tiempo de quedarse quieto y ser parte del público al de atreverse a vencerse a sí mismo.
Ayer, cumplí mi primer mes trotando, ya puedo recorrer cinco kilómetros en cuarenta minutos, pero lo más importante es que ya sé que puedo, que no me duele la espalda por la artritis en el sacro, que si al terminar estiro bien, no me duelen las rodillas, que sí, voy a terminar cansada pero feliz y sintiéndome viva y que puedo superarme a mí misma. Estoy usando los tenis que compré hace unos cinco años para correr y cuya única carrera era salir corriendo en carro cada fin de semana a llevar a mi hija a sus entrenamientos. Yo creía que no podía trotar. Un médico me lo había dicho, que no podía hacer ejercicios sino sólo estiramientos y aquí estoy con mis 5K y con ganas de más.

En la Media Maratón de Bogotá somos veteranos a partir de los cuarenta años, yo todavía no participó porque lo mínimo que se puede correr son diez kilómetros pero mi esposo lo hará por primera vez y mi hermano por segunda, ahí van los muy veteranos con sus tenis, su empeño y su entretenimiento de un año. Son mis campeones.  Se miran al espejo y así se ven.


Mi objetivo de esta entrada se cumple si por lo menos alguno de mis amigos que no hace ningún ejercicio, por lo menos lo piensa y decide empezar a hacer alguno de los que le gusta, dejar de simplemente celebrar los triunfos de Rigo, de Nairo, de James, de Ibargüen y salir a moverse, a divertirse y a vencerse a sí mismo.

En bata y sin calzones

Los linderos del cuarto piso limitan con la sala de espera de los rayos x, las pruebas de laboratorio, las ecografías y las fisioterapias y por lo menos una vez al año uno debe verse en la fastidiosa situación de estar compartiendo con un montón de gente, que uno no conoce, en bata y sin calzones, eso sí con medias y zapatos.

La penúltima vez yo fui a que me hicieran una resonancia y menos mal había un letrero que prohibía tomar fotos o hacer videos porque vaya uno a saber si de pronto termina expuesto en el muro de Facebook de alguien así, amarillo, sudoroso, despeinado con cara larga y aunque no se vea que por debajo de la bata no hay nada, pues todos compartimos ese secretico y todos hacemos como si nada. Una vez entré a la sala de procedimientos y empezó el examen la enfermera apagó la luz y me puso una cobija y cuando me disponía a sacar algo bueno de lo incómodo, dormir un rato, ella decidió hablarme para que no me sintiera sola y así perdí diez minutos de sueño hasta que ella misma guardó silencio.

La última fue la odiosa colonoscopia que para quien no lo sepa a estas alturas, necesita una preparación que se basa en la toma de un laxante horrible hasta que le queden los diez metros de intestino como nuevos. Una vez llega la hora del examen se repitió la historia, todos en bata, sin nada por debajo, medias y zapatos, todos pálidos y con mucha hambre rezando para que no salga nada raro, para que el médico tenga buen pulso y para que no se sienta nada como cuando a uno el novio le decía que solo la puntica pero era hasta el fondo. Una vez terminado el examen nos vemos todos nuevamente como si nada hubiera pasado pero todos sabemos que pasó, en esa sala de procedimientos dejamos nuestra dignidad y ni nos dimos cuenta, es más ni le vimos bien la cara al doctor y ni modos de masajearse un poco.

A nadie le gusta hacerse estos exámenes por lo que siempre es mejor llevar una vida sana con dieta balanceada, hacer ejercicio, manejar el estrés, no fumar y también por si le toca asistir por la sala de urgencias estar depilada, uno nunca sabe. Finalmente nadie sabe para quién se baña.

A los cuarenta los ojos son solteros

Alguna vez le oí decir a una escritora que los ojos son solteros y me quedó sonando por mucho tiempo, después olvidé el asunto hasta que un día en redes sociales salieron unas fotos comparativas de los actores más guapos de los años noventa y su apariencia actual, todos conservan su mirada, sonrisa y demás encantos que ahora lucen con algunas canas e interesantes arrugas. Aquí entre nos, me pareció que a Dylan el de Clase de Beverly Hills le hizo falta un tilín de protector solar y el exceso de gel para parase el pelo le pasó la cuenta.

La publicación fue cuidadosa en incluir a quienes se han conservado bien sin echar mano de las cirugías estéticas, así que se ven reales y tan creíbles que uno no puede dejar de pensar en el paso del tiempo porque de todas maneras han envejecido y es probable que incluso a mí me haya pasado lo mismo. Sólo “posible”.

Pude haber caído en la antipática y poco estimulante actitud de analizar mis kilos de más, el pelo de menos y mis partes que han sufrido el cruel efecto de la gravedad, pero no lo hice. Me resultó mejor y más gratificante cerrar los ojos un segundo y rescatar el cosquilleo de adolescente cuando uno se imaginaba que si algún día viera en persona a estos famosos por lo menos les daría un besito. No me van a decir,  queridas amigas contemporáneas, que ustedes no lo soñaron, pero hoy en día dirán que ya no lo harían.

Los ojos son solteros y de vez en cuando se dan sus aires de libertad. Hace un tiempo estuve en un concierto de Alejandro Sanz y llegaron montones de ojos brillantes, de cuarenta años, todos con sus dueñas que salieron corriendo del trabajo para ir a esta cita y aprovechar la oportunidad para soltar un par de piropos deseosos que los estaban pensando desde hace más de trece años cuando vino el español por última vez con el corazón tan partío que entre miles de mujeres no lo hemos podido curar a pesar de corear a grito herido que llenaríamos de primaveras su invierno y le bajaríamos la luna para que juguemos. Esa noche, de esas boquitas que ya hace rato dejaron de arrullar con canciones de cuna, salieron a gritar propuestas para emprender de nuevo la dura tarea de la crianza con propuestas públicas como “Alejo, capullo, quiero un hijo tuyo” o reflexiones sobre las decisiones de la vida como el de una vecina de concierto que me dijo mientras activaba la cámara del celular y miraba con anhelo al cantante ” y yo dizque con la foto de mi marido de fondo de pantalla”, o la otra que simplemente gritaba “¡papacito, estás divino!” que carajo que no se supiera la nueva canción, yo tampoco me la sabía.

Así que mis queridas, que no sólo los ojos son solteros, los recuerdos también lo son, nos emocionan  y no les pasa el tiempo. Sonreír y suspirar cuando uno se acuerda del pasado está muy bien, cantar una canción que nos gusta como si el ayer estuviera más cerca o darle una mirada a los artistas con los que soñábamos y ver que de vez en cuando el tiempo no es tan cruel, nos sienta muy bien.

La nueva vida que empieza a los cuarenta

Pisar el cuarto piso es un estado del alma definitivo porque en adelante la palabra cuarentón hará parte de la vida de uno, pero no indica que uno esté viejo, lo que pasa es que tiene un montón de experiencia y por delante un tiempo de vida importante para aprovechar. 

Este es un blog para todo que el esté rondando los cuarenta años de edad, con o sin hijos, con o sin trabajo, se detenga, se ría de sí mismo y se identifique con algo de lo que nos pasa a nosotros lo nacidos en los años setenta.

La vida no empieza a los cuarenta, empieza desde antes de nacer, así no seamos conscientes de eso, pero quienes tenemos hijos sabemos como cada decisión que tomamos en los años anteriores ha influenciado el camino de nuestros adorados tesoros.

Pero en este piso cuarto la manera como nos vemos a nosotros mismos y al mundo da un interesante giro y en lugar de sentir mareo debemos disfrutarlo.