El reto lo pones tú.

 Con este título de autoayuda o slogan de una famosa y deliciosa bebida achocolatada debo decir que es cierto. El reto lo pones tú. Y así lo hice, el reto lo puse yo y fue así como a los treinta y pico retomé las clases de patinaje después de haberlo abandonado a los nueve años tras romperme hasta el alma y no encontrar los patines al recuperarme. Pues me subí en mis patines en línea nuevos, me puse casco, coderas, rodilleras y antifracturantes y con todo mi empeño le hice caso al profesor, ensayé en el pasto. Humillante, pero así fue y mi trasero lo agradeció. Prueba superada.
Tras meses de entrenamiento, mi técnica mejoró y por lo menos no me veo robótica y tampoco voy haciendo cara de “estoy que me caigo”, o de “¿Quién me manda a subirme en esto?“ y puedo salir con mi hija a la ciclovía sin que le dé pena ir con la mamá, sobretodo no me da pena a mí misma. Valió la pena subir el promedio de edad del nivel llamado “preinfarto” aunque de veinte alumnos éramos 5 los que pasábamos de las treinta y cinco primaveras. No fui tan aventajada como mi amigo John que incluso se inscribió en un par de competencias, una en categoría adultos que ganó y en otra en la categoría de mayores de 16 años, en la que tuvo un reconocimiento del público al llegar a los seiscientos metros a pesar de que faltaran otros cuatrocientos y hasta sus contrincantes tenían por lo menos veinte años menos lo felicitaron. A mí, mi adorado esposo me felicita cada día y me anima a seguir con mis retos. Esto lo cuento porque he visto como muchas parejas antes de ayudar convierten a su adorada media naranja en motivo de burla o simplemente no le creen que sea capaz si quiera de intentarlo.
Llegó la hora de la natación, tengo que superar el característico nadado de río con el que uno nace, crece, se desarrolla y si no aprende a nadar bien, muere. Literal. Me inscribí para los miércoles y viernes en el precioso horario de las 6 a.m. Llegó la hora de la primera clase y a pesar de mi cara de yo sé nadar y no me ahogo, la profesora me puso en el nivel de los que no saben nadar y sí se ahogan pero tienen técnica.
Por favor ve al otro lado de la piscina nadando como perrito. ¿Qué? Si vine a superar el nadado de río, pero bueno ahí voy. Ay por Dios, esta piscina tiene por lo menos un kilómetro de larga, pero yo puedo, seguro. Uy, qué tal que fumara.
Ahora, por favor nade haciendo “delfines”. ¿Qué? Uy no profe, ni idea dígale a alguien que lo haga y yo lo sigo.
Para terminar nade por debajo del agua hasta donde pueda. Esta sí, con esta llegó como un tiro al otro lado. Imposible que tantos años jugando a buscar piedritas debajo del agua no sirvan de nada. Hecho.
Listo Ana, usted se desplaza rápido pero dobla las rodillas, saca los pies del agua, no patalea constante y tampoco respira bien. Que bien que se metió a clases. ¿Nunca las había tomado? Y no, nunca las había tomado, siempre me limité a hacer visita en la piscina. Allí también he conocido gente estupenda y cada cual con su vida, unos con sus anhelos de ser papás, otros con su empresa y su banda de rock, otros que son estudiantes universitarios, otros pensionados y unos más que como yo salen corriendo al trabajo.
Después de un año de clases, a mis casi cuarenta y dos, ya estoy aprendiendo el estilo mariposa, me cuesta mucho, y aunque por ahora parezco una polilla con ínfulas y también soy la mayor de mi nivel, allí he teñido compañeros de la edad de mi papá y tienen un nivel superior al del resto de alumnos. Tremendas lecciones las que uno aprender cuando decide cambiar el tiempo de quedarse quieto y ser parte del público al de atreverse a vencerse a sí mismo.
Ayer, cumplí mi primer mes trotando, ya puedo recorrer cinco kilómetros en cuarenta minutos, pero lo más importante es que ya sé que puedo, que no me duele la espalda por la artritis en el sacro, que si al terminar estiro bien, no me duelen las rodillas, que sí, voy a terminar cansada pero feliz y sintiéndome viva y que puedo superarme a mí misma. Estoy usando los tenis que compré hace unos cinco años para correr y cuya única carrera era salir corriendo en carro cada fin de semana a llevar a mi hija a sus entrenamientos. Yo creía que no podía trotar. Un médico me lo había dicho, que no podía hacer ejercicios sino sólo estiramientos y aquí estoy con mis 5K y con ganas de más.

En la Media Maratón de Bogotá somos veteranos a partir de los cuarenta años, yo todavía no participó porque lo mínimo que se puede correr son diez kilómetros pero mi esposo lo hará por primera vez y mi hermano por segunda, ahí van los muy veteranos con sus tenis, su empeño y su entretenimiento de un año. Son mis campeones.  Se miran al espejo y así se ven.


Mi objetivo de esta entrada se cumple si por lo menos alguno de mis amigos que no hace ningún ejercicio, por lo menos lo piensa y decide empezar a hacer alguno de los que le gusta, dejar de simplemente celebrar los triunfos de Rigo, de Nairo, de James, de Ibargüen y salir a moverse, a divertirse y a vencerse a sí mismo.

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