La chimenea

 

“Yo pongo la casa, pero ustedes traigan trago y guitarra”. Palabras mágicas que pactaban el plan de prender la chimenea de la casa o apartamento de algún bendecido a cuya mamá no le iba a importar o soportaría la presencia de unas cinco parejas para que, al calor del fuego, de canciones, de aguardiente o ron y algo de comida se iniciara una buena rumba privada. La mamá, pasaría cada tanto por la sala para ver que todos estuvieran vestidos, no muy borrachos, las niñas conservaran su postura “señoritera” y su casa no estuviera sufriendo algún daño irreparable. Todos “silbando y aplaudiendo”, como decía mi hermano. ¡Ay de aquel que le echara un plástico o cera a la chimenea!
Entonces, los más aguerridos traían música con un toque de “mamertería” que pondrían a todos a cantar (así no se entendiera del todo el sentido social de las letras) y después, con el pasar de las horas y el trago, a declarar su amor a alguna de las invitadas. Ojalá, Alba, La maza, Yolanda, De qué callada manera y Gracias a la vida fueron entonadas con tal emoción que cualquiera apostaría que al otro día habría una protesta callejera en busca de la igualdad social.
Mas de uno se “cuadró” al son de Agua Caliente o de alguna canción de Yordano como Manantial de corazón o Solo importas tú de Franco de Vita. La duración del noviazgo es tema aparte, pero algunos se casaron, otros dejaron embarazadas a las novias, algunas relaciones fueron tormentosas y otros terminaron días después.
Del otro lado, no faltaba nunca el que se sumergía en la depresión por estar pasando por alguna “tusa” y perdía su mirada, al tiempo que la esperanza, en las llamas mientras entonaba con su lánguida voz Un buen perdedor y finalizar con un trago a “fondo blanco” que probablemente pondría el punto final a su noche y pasaría a dormir en un sofá o bien a pedir un taxi para irse a casa.
Por su parte, el dueño de la guitarra, aquel veinteañero dotado de buena voz y por quien las “niñas” se derretían, entonaba una canción tras la otra, y un aguardiente tras otro para conservar caliente la voz. Al pasar de las horas la voz seguía caliente, pero con las letras pegadas. El cantante podía ser un proyecto de ingeniero, arquitecto, comunicador o, en mi caso, una zootecnista que incluso llegó a compartir escenario con Andrés Cepeda en un bar de Bogotá.
Con el tiempo, el plan de la chimenea fue desapareciendo hasta quedarse casi en el olvido, o mejor, pasó a ser parte de los recuerdos de nosotros los del cuarto piso y de quienes ya pisan en quinto. Lo que sí es aplaudible es que el menú de nuestras reuniones mejoró notablementente porque una vez superados los paquetes de papas, salchichas y queso, vinieron los lomos al trapo, los champiñones al ajillo, las papas con crema y muchas delicias más. Además, del aguardiente pasamos al vino y empezaron a desaparecer esas borracheras por el último trago que caía tan mal o por el traicionero “sereno” que por años nos persiguió a todos.

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